La paz de la Biblia no es una paz a cualquier precio. No es una falsa apariencia. No se puede divorciar el concepto de la paz de la pureza, como tampoco podemos separar el concepto de paz de la justicia (Sal 85.10). Todos deseamos evitar las peleas innecesarias, pero si las evitamos a costa de sacrificar la verdad, estaremos comprometiendo nuestros principios y no tendremos una paz verdadera. Lo que tendremos será sencillamente una tregua, un alto al fuego, una guerra fría.
Jesús dijo que vino a traer espada (Mateo 10.34). Él no vino para traer paz a cualquier precio, pues sabía que tendría que haber lucha antes de que pudiese haber paz. Por ejemplo, al predicar, es preciso ponerlos furiosos con usted antes de que se sientan felices con usted. Usted tiene que hacerles enojar antes de conseguir que mejoren. Debe lograr que se sientan mal antes de que consiga usted que se sientan bien. No debemos abandonar la doctrina o la convicción y tampoco debemos evitar hablar acerca de la verdad sencillamente porque ofende a alguien.
Es preciso que lo saquemos a relucir y dejar que ofenda; de este modo, la persona puede sentir la verdadera paz del evangelio. Si usted trata de la verdad, producirá división, algunos se molestarán y creará desorden, pero no hay manera de evitarlo. Toda la premisa del mensaje de Cristo es que el mundo tiene que enfrentarse con el pecado, pero a las personas no les gusta oír hablar de eso, por lo que ponen barreras a la paz.
No podemos ser personas calladas y complacientes, que solo quieren pasar desapercibidos o no crear problemas, que carecen de justicia y del sentido de la misma, que ceden y apaciguan. Las personas del mundo dicen: "Es un cristiano que no causa problemas y buena gente", cuando lo que quieren decir en realidad es: "No tiene convicciones". Un predicador bíblico no se lava las manos de todas las situaciones, no pretende salvar el status quo. La predicación verdaderamente relevante implica resolver conflictos con la verdad, al hacer que brille en medio de ella la justicia de Dios.
Jesús fue el más grande pacificador de todos, pero ¿evitó el conflicto? Difícilmente, pues le mataron, pero lo hizo porque sabía que la paz se hallaría al final. La paz no se halla en nuestra razón humana ni en nuestras circunstancias o "técnicas" de evangelismo. El mundo quiere ver algo diferente en nosotros, y necesita la verdad. ¡No sacrifiques la verdad del evangelio por hacerlo "relevante"!
No podemos sentirnos mal por tener unos cuantos enemigos, siempre y cuando sean los apropiados. Jesucristo fue el Príncipe de paz a pesar de lo cual creó conflicto (Lc 23.5). El apóstol Pablo, quien llevaba el "evangelio de la paz", ¡creó un alboroto prácticamente dondequiera que fue! Nosotros debemos estar dispuestos a participar del conflicto, a soportar golpes como lo hizo Cristo, a llevar nuestra cruz, a negarnos a nosotros mismos, a pagar el precio, a ser atrevidos y atacar directamente con lo que sabemos que es justo. Si escapamos, ¡no somos relevantes para nada!
"El Único Camino a la Felicidad", John MacArthur.