Cristo está llamando a su iglesia, desde él más joven hasta el más viejo, a un radical compromiso de combate con la misión de llegar al mundo no alcanzado. Cristo está dejando claro que esto no sucederá sin dolor. Pero que no haya autocompasión cristiana, ni se hable de auto negación final.
Es simplemente asombroso cuán consistentes son los testimonios de los misioneros quienes han sufrido por el evangelio. Virtualmente, todos dan testimonio de abundante gozo y compensaciones más allá de los sacrificios. Aquellos quienes han sufrido más, a menudo hablan en términos superlativos de la bendición suprema y el gozo al ofrecer sus vidas por otros.
Lottie Moon, una misionera veterana, dijo: “Seguramente no hay gozo más grande que alcanzar almas”. Sherwood Eddy dijo sobre la misionera a la India, Amy Carmichael: “Su vida fue la más fragante, y gozosamente sacrificial que cualquier vida de cualquiera persona que jamás haya conocido”.
Samuel Zwemer, después de cincuenta años de servicio (incluyendo la pérdida de dos hijos jóvenes) dijo: “El gozo indescriptible de todo retumba de nuevo en mi mente. Lo haría todo de nuevo con alegría”. Y tanto Hudson Taylor como David Livingstone, después de tener unas vidas de sufrimiento extraordinario y pérdida, comentaron: “Nunca hice ningún sacrificio”.
De este descubrimiento he aprendido que el camino del amor es tanto el camino de la autonegación así como el camino del máximo gozo. Negamos a nosotros mismos los placeres fugaces de pecado y lujo y de auto absorción para buscar el reino sobre todas las cosas. Al hacer esto, llevamos el mayor bien a otros, ya que magnificamos el valor de Cristo como un tesoro de supremo gozo, y encontramos nuestra mayor satisfacción.
Dios es más glorificado en nosotros cuando estamos más satisfechos en Él. Y la supremacía de esa gloria brilla con más esplendor cuando la satisfacción que derivamos de Él nos perdura a pesar del sufrimiento y el dolor que encontramos en la misión de amor.
“¡Alégrense las Naciones!”, John Piper.