sábado, 12 de febrero de 2011

La necesidad de los libros difíciles de leer

Mortimer Adler, en su obra clásica How to Read a Book, proclama apasionadamente que al principio, debemos sentir que los libros que aumentan nuestra comprensión de la verdad y nos hacen más sabios se encuentran más allá de nuestra capacidad. Deben hacernos “exigencias”. Deben parecernos “más allá de nuestra capacidad”. Si un libro es fácil, y encaja tranquilamente en todas sus convenciones lingüísticas y sus formas de pensar, entonces es probable que usted no crezca demasiado al leerlo. Tal vez lo divierta, pero no va a aumentar su entendimiento. Los libros difíciles son los que cuentan. Rastrillar es fácil, pero todo lo que se consigue son hojas secas; cavar es duro, pero se podrían incluso encontrar diamantes.

Los cristianos que creen que Dios se revela a Sí mismo de manera primordial a través de la Biblia, que es un libro, deberán anhelar convertirse en los lectores más capacitados que se puedan encontrar. Esto significa que deberíamos querer convertirnos en pensadores claros, penetrantes, precisos y de mente equilibrada, porque toda buena lectura comprende el hacer preguntas y pensar.

Leer un libro en un nivel superior es un esfuerzo que hacemos por hacerle preguntas (y por responderlas lo mejor que podamos). Por eso hay un mundo de diferencia entre el lector exigente y el que no lo es. Este último no hace preguntas, y no obtiene respuestas.

Adler subraya su ruego a favor del “gran esfuerzo” de leer grandes libros con la advertencia de que este ejercicio mental podría alargar nuestra vida, mientras que la televisión podría resultar mortal:

La mente se puede atrofiar, como los músculos, si no se usa. Y éste es un castigo terrible, porque hay evidencias de que la atrofia de la mente es una enfermedad mortal. No parece haber otra explicación para el hecho de que tanta gente ocupada muera tan pronto después de jubilarse”.

"La Pasión de Dios por Su Gloria", John Piper, Editorial Unilit.